AUDACES FORTUNA IUVAT

Escrito por lasuertesonriealosaudaces 11-10-2009 en General. Comentarios (5)

 

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Hoy os voy a contar una historia personal que tenía pensado hace tiempo relatar aquí. La orientación original que quería darle a este post era optimista, y tenía mucho que ver con la frase que compone el nombre de este blog. Sin embargo, una vez hemos entrado en el debate de las prestaciones de desempleo y se saca a colación la hipotética vagancia de los españoles, creo que mi historia personal puede traer un nuevo punto de vista.

 

Hasta febrero pasado yo estaba trabajando en una pequeña empresa que se acababa de instalar hacía menos de un año en la comunidad Valenciana. Era un proyecto nuevo que trabajaba en el entorno industrial, así que como comprenderéis la situación económica de esta actividad en el contexto de crisis no era precisamente boyante.

Yo acabé un viernes mi jornada laboral, después de entregar en correos un proyecto urgentísimo que estuve toda la semana haciendo. Pasé el fin de semana como cualquier otro y llegué el lunes a primera hora a trabajar. Cuando llegué, tenía el finiquito sobre la mesa, sin previo aviso. Me dijeron aquello de que la empresa iba mal, que mantener mi nómina en entorno de crisis no era posible, etc. A las 10 de la mañana me encontré en mi casa, despedido, sin llegar a interiorizar bien lo que estaba sucediendo. Nadie me avisó, nadie me dijo nada. Estuve la semana anterior echándole muchísimas horas más allá de la jornada para acabar un proyecto urgente, cuando mi jefe sabía perfectamente que estaba de facto despedido.

 

Afortunadamente nuestro sistema social nos concede un derecho al desempleo que hace que no te quedes en la reverenda calle. El primer día arreglé los papeles del paro, y eso siempre te concede una mínima tranquilidad para encarar la búsqueda de empleo.

La verdad es que tuve suerte y conseguí entrevistas de empleo bastante rápido. Hice dos paralelamente, una en una importante multinacional y otra en una empresa local del mismo sector del que provenía. En la empresa multinacional el proceso selectivo era uno de estos procesos larguísimos con sucesión de entrevistas, dinámicas de grupo, etc. A veces parece una especie de competición en la que vas pasando cortes y quitando rivales de en medio. Finalmente no fui seleccionado en esta entrevista, aunque quede en la última terna, algo que siendo un proceso tan competitivo me hizo recuperar la autoestima que otros me quitaron.

 

En la pequeña empresa tuve más suerte, porque me ofrecieron en puesto en la misma entrevista. No estaba excesivamente convencido porque la empresa parecía bastante cutre y me dio poca sensación de seriedad. Acabé de decidirme en mi rechazo cuando me ofrecieron el salario, que venía a ser lo mismo que cuando empecé a trabajar sin experiencia ninguna años antes.

Le dije a mi interlocutor que no pensaba aceptar ese salario, que me parecía insultante y qué quizá lo que estaba buscando era un becario con el salario que ofrecían, ¡Me ofrecían lo mismo que cobraba en el paro! Obviamente no buscaban un becario, lo que buscaban era pagar lo menos posible ya que sabían que muchas personas aceptarían esas condiciones, como así debió ser. Yo, reciente parado, tuve la tentación de aceptar, pero también tuve la sensación de que debía ser más exigente por muy mal que estuviese la situación económica, y esa fue la decisión que tomé: Ser más exigente, no conformarme con lo primero que viniese y con las primeras migajas que me ofreciesen, ser Audaz.

 

Esa decisión la pude tomar gracias a que tenía una prestación de desempleo que estaba cobrando. Si no la hubiese tenido, hubiese tenido que aceptar cualquier cosa que me hubiesen ofrecido. Y cuando estás trabajando, por mucho que creas que no, no puedes llevar una búsqueda de empleo activamente ni presentarme a tantas entrevistas (obviamente a procesos de selección largos no hubiese podido presentarme). Rechazar ese puesto era la adecuado y coherente con el plan que tenía en mi cabeza, y ahora veréis como mi decisión fue la correcta.

 

Esta empresa me volvió a llamar en pocos días, para ver si estaba interesado en el puesto de director de la delegación de Valencia (o sea, el puesto del que hubiese sido mi jefe si hubiese aceptado el primer puesto). Es curioso como una empresa que opina que puedes servir como jefe de su delegación es capaz de ofrecerte un sueldo miserable y no renegociarlo para un puesto menor. Así va la empresa española, priorizan los bajos salarios a la capacidad de sus trabajadores. Luego nos quejamos de la falta de iniciativa de los españoles, de las ganas de ser funcionario, de que no tenemos innovación, cuando son las empresas españolas las primeras que han instaurado una política de precarización, sueldos bajos y desprecio a la capacidad, ¿Cómo vamos a tener una economía avanzada con esta mentalidad?

Finalmente tampoco fui seleccionado para este puesto.

 

Al final conseguí un puesto de trabajo en una gran empresa. La verdad es que accedí a él gracias a mi situación de parado, ya que entré cubriendo una baja de maternidad. Si hubiese estado trabajando en otro sitio no hubiese aceptado un cambio para cubrir una baja maternal, pero gracias a mi situación lo pude hacer. Finalmente ese paso me sirvió para acceder a otra plaza idéntica que la empresa sacó.

La verdad es que la diferencia entre el puesto que me ofrecieron que os he contado antes y el actual es abismal en todos los aspectos, desde vacaciones hasta condiciones económicas, ¡Cobro prácticamente el doble de lo que me ofrecieron en la otra empresa! Por no hablar de la seriedad que desprende esta empresa en comparación al tufillo pirata de aquella.

 

Cuando cuento esta historia reciente sobre mis vivencias quiero transmitir una idea muy clara, que es que nunca se sabe como va a ser un cambio, y que una aparente desgracia se puede convertir en una oportunidad fantástica de conseguir algo mejor. Ser despedido me sirvió para encontrar una buena oportunidad, y lo que fue una desgracia y un trauma en su momento lo contemplo hoy prácticamente como un hecho afortunado. Por otro lado, tal y como dice la frase “La suerte sonríe a los audaces”, esa actitud osada de no conformarme con lo primero, de valorarme como profesional y ser relativamente exigente a la hora de elegir me ha traído suerte. Los romanos parece que tenían razón.

 

Pero también hay otra moraleja en esta historia. Cuando me ofrecieron aquel trabajo ¿Qué se supone que tenía que haber hecho? ¿Aceptarlo aunque fuese aprovecharse de mi situación? Muchos de aquellos que se quejan de los parados y de sus prestaciones podrían pensar que yo, al rechazar este puesto de trabajo, no merecía cobrar el paro. En el fondo no estaba trabajando porque no quería.

Pero si eso fuese así, si no existiesen las prestaciones de desempleo, o si fuesen tan estrictas que las quitasen a la mínima que rechazas algo, yo estaría trabajando ahora en una empresa que se estaría aprovechando de mi situación personal y de la del país, que me estaría pagando lo que le diese la gana en las condiciones que le diese la gana.  

Estas prestaciones, esta protección social, es la que nos permite no estar como en el siglo XIX, cuando los trabajadores tenían que trabajar de lo que sea y en las condiciones que fuese porque si no lo hacían no comían. Creo que no debemos olvidarlo, para no entrar en aventuras peligrosas que nos pueden llevar a una situación muy difícil a todos los que vivimos de nuestro trabajo.