LA SUERTE SONRÍE A LOS AUDACES

EL CAPITALISMO CHINO

Escrito por lasuertesonriealosaudaces 18-01-2010 en General. Comentarios (14)

 

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En el siglo XXI los antiguos esquemas duales del mundo de la guerra fría se están empezando a romper. El mundo capitalista, que estaba dominado por la herencia anglosajona y fundamentalmente por los EEUU tiene hoy un polo más poderoso, que es la “comunista” China.

A pesar de que el PIB estadounidense es más alto (por varias razones) el principal productor de bienes de consumo es China. También es el principal emisor de gases contaminantes y de otros rankings similares.

 

China ha adoptado el capitalismo de forma radical y salvaje, alterando los equilibrios planetarios de forma muy importante. Porque China, país sin tradición democrática y con una mentalidad confucionista muy arraigada, ha entendido que tiene las condiciones necesarias para que el capitalismo brote con una fuerza sin igual: Es una dictadura y su población es esencialmente sumisa gracias a su carácter asiático confuciano.

En China pues no hay huelgas, no hay sindicatos que reclamen derechos sociales para sus afiliados, no hay una jornada laboral racional. El gobierno Chino, con esa mentalidad tan propia del comunismo de creer en dogmas, ha adoptado un dogma nuevo que es el crecimiento económico como único factor que importe.

Los antiguos Maoístas abrazan ahora a los inversores extranjeros, se jactan de las cifras de productividad, no les importa tener al “proletariado” hacinado en barracones, eso sí con los correspondientes karaokes vespertinos a modo de pan y circo. Los “comunistas” Chinos consideran ahora que el bienestar del “pueblo” está en el crecimiento económico del país, no en el bienestar personal de los trabajadores. Mao convertido en el padre del capitalismo más salvaje que se conoce.

 

Los neoliberales, los defensores de la globalización económica, han explicado muchas veces que el libre comercio favorecerá en principio a los países con costes laborales más bajos (los más pobres), pero cuando estos países empiecen a desarrollar los costes laborales se igualarán, y lo que era una competencia desleal pasará a serlo leal. Es pues cuestión de hacer un pequeño sacrificio temporal en beneficio de los más pobres (Por supuesto el sacrificio es del pequeño y mediano empresario y del trabajador, no de aquellos que hacen inversiones en esos países).

Este concepto, terriblemente discutible en otros campos, pasa a ser absurdo en el caso Chino. Porque por mucho que progrese China, por mucho que su economía se llegue a comparar en términos de PIB per cápita con la occidental, la situación de los derechos sociales en China no será como la occidental. Sin trabajadores reivindicativos, ni legislación social existente, ni gobierno democrático auditado por los ciudadanos, la legislación laboral China no será nunca como la occidental. Y por mucho que suban los sueldos estas personas trabajaran más horas y aceptarán hacerlo en unas condiciones peores, lo que nos situará permanentemente en una competencia desleal.

 

Pero la competencia no es sólo respecto a los productos y bienes de consumo producidos, si no nos podemos encontrar esta competencia del “capitalismo chino” en el comercio de debajo de nuestra casa, en la esquina de nuestra calle. Me refiero, por supuesto, a estos comercios regentados por personas de nacionalidad china, los famosos todo a euro, pero también las tiendas de ropa, de bisutería, e incluso últimamente los bares tradicionales que están empezando a ser ocupados por chinos de forma masiva.

Vamos a empezar por desmontar mitos: Se dice por ahí que los chinos no pagan impuestos. Eso no es verdad. Existe un convenio entre China y España para que una empresa china no pague los mismos impuestos a China que ya ha pagado al estado Español. Este convenio aplica a grandes empresas, pero no a bares y pequeñas tiendas. No obstante parece ser que los impuestos que pagan estas empresas son siempre iguales a los que paga una empresa Española, nunca menores.

Lo que sí es cierto es que hay otra legislación que afecta a los extranjeros que abren comercios y que indica que éstos no pagan la cotización a la seguridad social (los “autónomos”) durante unos años. Por eso estos comercios cambian de dueño cada 3 o 5 años. De todos modos estamos hablando de poco más de 250 € al mes.

 

Si no hay una diferencia sustancial en el tema impositivo, ¿Por qué los chinos se están haciendo con todo? Es una cuestión se cantidad de trabajo y dinero obtenido a cambio.

Gracias a esta maravillosa libertad de horarios comerciales que existe para el pequeño comercio en muchas comunidades autónomas los chinos tienen sus comercios abiertos la gran mayoría del día. Cuando quieres algo un domingo, un día festivo o una noche cuando está todo cerrado siempre hay un comercio chino abierto en el que puedes comprar lo que necesites, pues tienen casi de todo.

Por otro lado también estos comercios incumplen las leyes muchas veces. Los chicos que quieren hacer botellón y no han comprado botellas de bebidas alcohólicas antes de las 10 de la noche (hora a partir de la cual está prohibido comprar alcohol) acuden a los comercios chinos pues ahí se las venden.

Tampoco es extraño ver a chinos menores de 16 años trabajando bien en restaurante chinos bien en comercios de este tipo, cuando es algo ilegal.

 

Al final estos comercios sobreviven y se imponen porque abren 70 u 80 horas a la semana, trabajan tres o cuatro personas (generalmente de la misma familia) y se dan con un canto en los dientes si consiguen unos beneficios netos de 1.000 euros al mes. Ya no entro a hablar de las mercancías que venden, de origen generalmente chino y de bajísima calidad, si no de la cantidad de trabajo respecto a los beneficios.

Cualquier español no podría mantener un comercio en estas condiciones. Para un Español es invivible esta vida de vivir para trabajar, no puede tener a sus hijos trabajando para el negocio familiar pues estos estudian, tienen intención de emanciparse, etc. Y obviamente esto no es posible en el terreno económico en el que nos movemos.

Hoy en día el comercio, la tienda, el bar, es muchas veces la salida que tiene las personas que no tienen un oficio específico y que no encuentran trabajo. La mayoría de bares y tiendas de España otorgan a sus propietarios unos beneficios económicos no mucho mayores a los de un trabajo asalariado con el agravante de que las horas de trabajo son mayores y la inseguridad también. Son trabajadores por cuenta propia asimilables a cualquier asalariado. Y en este contexto, con esta competencia, estos comercios están cayendo más allá de ese punto límite en el que dejan de ser rentables.

 

Hace unos años una amiga argentina me dijo que ella no compraba jamás en las tiendas chinas, pues en su país los chinos habían hundido el comercio argentino (junto con la convertibilidad y el neoliberalismo de Menem). Estuve reflexionando sobre esto durante un tiempo, y conforme pasó el tiempo me dí cuenta que mi amiga tenía razón, y que la sobredimensión de los negocios chinos es un riesgo para la economía del país.

Desde ese momento no compro jamás en este tipo de locales (Sí que voy a restaurantes japoneses que me gustan mucho). Prefiero comprar un pegamento en el kiosco de la esquina por un euro que pagar 60 céntimos en un chino.

El pequeño comercio ha sido la salida laboral de muchas personas durante muchos años. Si compramos en comercios chinos o similares lo que estamos provocando es que estos comercios se apoderen de todo. Y si esto sucede hundiremos al hostelero local, al comerciante local, y potenciaremos un estado de las cosas que nos puede impedir en el futuro tener la alternativa de abrir un comercio determinado.

Si potenciamos esto estamos potenciando la autoexploración, estamos potenciando las jornadas de trabajo sin fin y los sueldos de miseria. Estamos dando alas a cosas que finalmente nos pueden afectar a nosotros mismos.

 

Lo he defendido muchas veces: El ciudadanos deben ser responsables y deben ser conscientes de que sus acciones suponen una alícuota parte de la economía y la sociedad.

Igual que hay que evitar abusar de la sanidad pública, igual que hay que evitar el fraude en el cobro de las prestaciones de desempleo, también es importante ser responsables con el consumo que hacemos. Validar a un empresario pirata con una compra es como validar a un político corrupto con un voto.

Es cierto que igual no existen los mecanismos necesarios para que el ciudadano sea consciente de la repercusión de sus acciones como consumidor (pienso ahora en la burbuja inmobiliaria), pero creo que debemos empezar a crear una conciencia en este sentido. Si no acabaremos creando monstruos que se nos llevarán por delante.

 

JOSÉ I BONAPARTE

Escrito por lasuertesonriealosaudaces 15-01-2010 en General. Comentarios (12)

 

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Cuando hice el post sobre Juan Negrín dije que ha sido probablemente el personaje de la historia de España más vilipendiado. Quizá hay otro personaje en la historia de España igual o más vilipendiado todavía que Negrín, y este es José Bonaparte, efímero Rey de España por la voluntad de su hermano el emperador Francés Napoleón Bonaparte.

 

En la creación romántica de la conciencia nacional Española la guerra de la independencia ha jugado un papel crucial. La lucha contra el invasor por parte de unas clases populares que habían decidido declararse en rebeldía contra el gobierno legal, por ilegítimo, es la base para la confirmación de una conciencia nacional colectiva de todos los españoles, independientemente de su clase o lugar de origen.

Esta idea fue repetida durante todo el siglo XIX, e incluso durante partes del XX. Incluso en el siglo XXI muchas personas insisten en esta visión, bastante maniquea según muestran los historiadores especializados en la época, como por ejemplo la presidenta Madrileña Esperanza Aguirre a la que he oído unas cuantas veces hablar sobre estas cosas, quizá en las celebraciones del 2 de Mayo.

 

Seguramente todos conocemos la historia, aunque sea por encima. El primado del Rey Carlos IV, el Sr. Godoy, tuvo a bien permitirle a Napoleón utilizar el territorio Español como puente para poder atacar Portugal. Una vez las tropas napoleónicas estuvieron en España decidieron quedarse, provocando una ola de indignación popular contra Godoy, que aprovechada por el entonces príncipe Fernando provocó su destitución y la abdicación de Carlos IV.

La Caída de Godoy y la abdicación de Carlos IV estuvieron enmarcadas en medio de las tensiones de la España de la época y en una guerra abierta entre el avaricioso príncipe Fernando y el Rey Carlos. Napoleón aprovechó esta situación para llamar a ambos Borbones, a los que despreciaba, a Bayona, básicamente para decirles que ahora en España mandaba él y que le tenían que ceder los derechos dinásticos a él mismo, cosa que ambos Borbones hicieron siendo desde ese momento prisioneros de Napoleón, aunque parece ser que en condiciones bastante lujosas, dedicándose desde ese momento ambos a cultivar el hedonismo que era lo que parece que más les gustaba.

Napoleón obviamente no podía ejercer directamente el trono de España, y se lo cedió a su hermano José. José I fue nombrado rey de España por su hermano hecho que provocó el levantamiento del 2 de Mayo y el inicio de la guerra de Independencia.

 

No obstante no es cierto que el país entero se alzase contra José I. Muchos funcionarios y la mayoría de las personas ilustradas de España aceptaron al Rey José con más o menos ilusión.

Para estos ilustrados la nueva dinastía acabaría con el oscurantismo del absolutismo Español. El Rey José nada más acceder al trono aprobó el Estatuto de Bayona (o constitución de Bayona), texto mediante el cual se finiquitaba el antiguo régimen en España y se concedía una mínima soberanía al pueblo Español, aunque muy limitada por las decisiones reales. No era una constitución como las entendemos ahora, pero fue el primer intento constitucional que tuvo España, aunque nunca llegó a ser aplicado.

 

Una de las ideas que tenía Napoleón sobre España y que asumió su hermano es que los españoles eran un pueblo de bárbaros dominados por un clero fanático. Por eso una de las primera medidas que tomó Napoleón fue la abolición de la inquisición. José I, ya en el trono, también optó por  la realización de una pequeña desamortización, y se dice que demolió multitud de conventos e iglesias en Madrid, aunque parece que con intenciones urbanísticas.

 

Las intenciones políticas de José I fueron bastante ilustradas (como demuestra su política arquitectónica), al igual que lo fueron la mayoría de sus ministros. Sin embargo la propia situación de Guerra que vivía España hace difícil analizar el reinado de José.

Según parece el Rey José era bastante más contemporizador que su hermano, y siempre intentó ganarse las simpatías de los Españoles, algo que llevaba a Napoleón a decir que su hermano era “demasiado bondadoso”. Sin embargo José I tuvo un problema básico, que fue su propio hermano y el ejército francés, que se comportaban como un ejército invasor mientras el rey quería ganarse la confianza de los españoles.

Un ejemplo de esto fue, por ejemplo, la política cultural que intentó llevar a la capital, creando el actual museo del prado (que no llegó a ser inaugurado), cuyo verdadero objetivo era evitar el expolio cultural del las tropas francesas sobre el arte español.

Quizá el más claro ejemplo de esto fue la decisión de Napoleón de Febrero de 1810 de convertir Aragón, Cataluña, Navarra y el país Vasco en zonas con gobierno militar independiente bajo administración Francesa. El Rey José intentó que su hermano no tomase esta decisión, cosa que no consiguió. Quizá este hecho, más que ningún otro, demostró que José I no era más que una figura sin poder real que tenía que someterse a los dictados del emperador Francés. De hecho, en 1811 Cataluña fue anexionada al imperio Francés.

 

José I era pues un rey desposeído tanto por la insumisión de sus detractores como por la propia política de invasión que tenía su hermano y los generales que mandaban en el ejército que lo mantenía en el trono.

El rey que pensó que llevaría la luz de la ilustración y de la revolución a España no se encontró más que un pueblo que lo odiaba por ser un rey invasor y un ejército que actuaba con una crueldad y una política que él parece que no aprobaba.

Sobre José I corren muchas leyendas, la primera la que le apodaba como “Pepe Botella” y le acusaba de ser un borrachín, que parece que es falsa puesto que José Bonaparte no bebía. Sí que era cierta, en cambio, su promiscuidad, ya que se le conocen bastantes amantes.

 

Cuando se analiza sin prejuicios a José Bonaparte desde la época actual, cuando se analizan sus ideas y personalidad, se puede pensar que, en una situación normal, hubiese podido ser un buen rey que hubiese podido sacar a España del oscurantismo en el que vivía.

Sin embargo cuando llegas de la mano de una invasión militar es casi imposible que el pueblo sobre el que vas a gobernar te acepte. José I personalizó para los Españoles patriotas todos los desmanes de la invasión francesa, desde la enorme represión de los sucesos del 2 de Mayo, que corrió a cargo de su enemigo Murat cuando él todavía no había llegado a España, hasta todas las acciones del ejército Francés, que respondía ante Napoleón.

Por muy moderno que sea un gobierno o un gobernante, por mucho que mejore lo anterior, si está de la mano de una invasión militar se está destinado al fracaso. Lo que pasó en España no es muy distinto, salvando las distancias históricas, a lo que está pasando en Afganistán (también durante la invasión soviética) y en Irak.

Pasan los siglos y las potencias militares siguen cometiendo los mismos errores.

 

VUELVE LA TASA TOBIN

Escrito por lasuertesonriealosaudaces 13-01-2010 en General. Comentarios (4)

 

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James Tobin

 

Hace algo más de 10 años el movimiento antiglobalización hizo suya la idea del economista James Tobin de gravar con un impuesto especial los flujos del capital. Realmente lo que James Tobin propuso tenía un objetivo diferente a lo que quería el movimiento antiglobalización: Tobin quería una tasa que desincentivase movimientos especulativos de compra-venta de divisas con el objetivo de evitar en parte la economía especulativa y la posible fuga de capitales en casos de crisis en un país. En cambio, el movimiento antiglobalización veía en la tasa una posibilidad de recaudación de muchos millones de dólares que ellos querían destinar a ayuda al desarrollo del tercer mundo.

 

La tasa Tobin desapareció del primer plano hace unos 5 o 6 años, pero desde el terremoto económico de finales de 2008 la tasa Tobin ha vuelto al debate económico y hoy hay muchos que defienden algo parecido a esta tasa, gobiernos y presidentes incluidos.

 

En la pasada cumbre del cambio climático Francia propuso una especie de tasa Tobin muy baja para recaudar el dinero necesario para luchar contra el calentamiento global, destinando éste a los países en desarrollo (previsiblemente para que inviertan en tecnología poco contaminante).

Días antes, la Unión europea en bloque pidió al FMI que estudiase la aplicación de una tasa mundial sobre las operaciones financieras. Fundamentalmente Francia, Alemania y el Reino unido, aunque también España, Austria y otros países, son los promotores de esta idea, que hubiese parecido utópica hace tan sólo un par de años.

Resulta curioso como gobiernos como el francés o el alemán, que son conservadores, promueven la tasa Tobin. Ya Merkel hace un par de años intentó sin éxito una regulación internacional de fondos especulativos, pero ahora que gobierna con los liberales resulta mucho más curioso. También es extraña la posición de Brown, aunque su posición es compleja puesto que muy probablemente dejará de ser primer ministro en unos meses.

 

Los gobiernos europeos, al igual que otros en Suramérica (Brasil, por ejemplo) parece que han adoptado esta tasa como método para evitar la catastrófica especulación que ha sido causante de la crisis financiera y por extensión de esta crisis económica. Tantos planes de rescate bancario y de reactivación económica parece que han cansado a los gobiernos europeos que no quieren permitir una burbuja igual en el futuro.

Pero la tasa Tobin es algo muy ambiguo, puesto que no está definida la cantidad de gravamen, quien lo tiene que recaudar, en donde se aplicará, ni el destino que tendrá este dinero.

Y ahí está el meollo de la cuestión. El movimiento antiglobalización quiere que este gravamen se recaude a través de las naciones unidas y que vaya destinado a la ayuda al desarrollo. Francia quiere, en cambio, que esta recaudación ayude a la lucha contra el cambio climático. La posición alemana parece más encaminada a crear más recursos económicos para hacer frente a futuros planes de rescate en el caso de haberlos, o quizá para cobrarse los actuales. Otros están más preocupados de que la tasa sea una barrera contra una especulación excesiva en el futuro.

En cuanto a las cantidades porcentuales de la tasa se habla desde el 1% hasta una tasa bajísima, del orden del 0,001%, cantidades tan dispares que convierten a cada una de las opciones en medidas casi totalmente distintas. Y sobre quien debería recaudar la tasa todavía hay más disparidad.

 

Nos encontramos, pues, en una situación en la que todos entienden que hay que hacer algo, podemos vislumbrar que forma tendrá, pero que en todo lo demás es ambiguo.

En mi opinión poco tendrá que ver una tasa del 0,001% recaudada por los estados con una finalidad recaudatoria, que una tasa del 1% gestionada por las naciones unidas con una finalidad de control de la especulación y de financiación de planes importantes para los intereses de la humanidad.

 

El debate no es fácil. La tasa debe ser lo suficientemente alta para evitar la especulación, pero lo suficientemente baja para no desincentivar operaciones económicas realmente productivas o inversiones a largo plazo. En este caso también hay que ver si van a haber estados que se nieguen a aplicar la tasa (que seguro los habrá), cuales son y que repercusión tendría sobre la medida. Si las grandes naciones y las grandes economías la aplican todas, la tasa podrá tener un porcentaje mayor que si sólo lo hacen unas pocas.

Los objetivos de esta recaudación también serán polémicos. Desde posiciones neoliberales se ha dicho que la tasa Tobin llevaría a bloquear las posibilidades de negocio de muchos países pobres, y que sería contraproducente aunque la recaudación fuese a esos mismos países. Estas criticas son, a mi juicio, fantasías y posicionamientos interesados por esos mismos que nos dijeron que la libertad de comercio llevaría al crecimiento económico de los países más pobres, además de otras falsedades, pues es obvio que las diferencias económicas entre el primer mundo y el tercero son cada vez mayores, con un par de países que son excepciones.

Parece que lo más sensato podría ser que este dinero se repartiese entre el FMI y la ONU, el primero con el objetivo de poder aplicar planes de rescate a economías destruidas por la especulación y la confianza excesiva en las bondades del mercado, y la segunda para poder financiar programas contra el cambio climático, como propone la presidencia Francesa.

 

Ya veremos que pasa con esto de la Tasa Tobin. Muchos temen una desnaturalización de la tasa, pero yo creo que es importante avanzar en este camino, aunque quizá la primera medida sea decepcionante. También es muy interesante las buenas intenciones de los países sobre la desaparición de los paraísos fiscales, aunque me temo que en este caso va a ser todavía más complicado.

 

LA LEY A SU MEDIDA

Escrito por lasuertesonriealosaudaces 09-01-2010 en General. Comentarios (6)

 

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Fotografía de un puesto de comidas en la Feria de Xàtiva. Todo un símbolo de la Valencia actual.

 

Que el PP de la comunidad Valenciana tiene problemas con la justicia lo sabemos todos. A la espera de que se levante el secreto de sumario del caso Gürtel y provoque un terremoto político (Observación: El Gobierno está muy tranquilo a pesar de que todas las encuestas le son negativas, ¿Será que espera que el caso Gürtel vuelque las encuestas?), he empezado a observar que el PP de la comunidad Valenciana tiene un problema mayor que con la justicia, tiene un problema con la ley.

 

El PP tiene un problema con la ley porque parece que no se siente vinculado a ella, que no le interesan las disposiciones legales, que esto de la ley no va con ellos. Obviamente me refiero a la ley estatal y a la que no le interesa, no a las leyes emanadas de les corts valencianes, que obviamente cumplen sobre el papel, aunque últimamente cada una de las medidas y leyes que salen de allí lo hacen sin presupuesto, lo que las convierte en papel mojado.

 

Hasta hace unos días estábamos en plena guerra entre la delegación del gobierno por un lado y el ayuntamiento de Valencia por otro por la aplicación de la ley de costas a los chiringuitos de la playa.

La ley de costas del año 1988 es seguramente la ley que más incumplimientos ha tenido en la historia. Continuamente las construcciones y los negocios han entrado dentro de la línea de los primeros 100 metros en los que se supone que no se puede construir. Muchísimas viviendas han sido construidas en estos lugares y no han sido derribadas, pues se ha considerado que esto sería un perjuicio enorme para el comprador, ya que este no ha cometido el delito. Como la ley ha sido laxa, los incumplimientos se ven por doquier.

En el caso de establecimientos comerciales la ley es menos clara, pero indica que se podrá autorizar estas actividades excepcionalmente, aunque también se indica que se hará cuando no tengan otra ubicación posible.

 

Bien, desde hace unos meses la delegación del gobierno ha querido hacer cumplir la ley de costas y, por lo tanto, que se desmontasen los chiringuitos en primera línea de playa. Por supuesto los chiringuitos no estaban de acuerdo y se empezó un proceso de negociación.

Pero el PP de la comunidad Valenciana no perdió un minuto para denunciar un ataque del gobierno contra Valencia, por supuesto debido a su carácter valencianofóbico, y se situó al lado de los hosteleros jaleándoles y diciéndoles que no cediesen, que estaban con ellos.

Claro, parece lógico que el Consell o el ayuntamiento se situasen en una posición intermediaria, o incluso de apoyo a los hosteleros. Pero directamente se situó como si la ley directamente no existiese, o hubiese que hacer resistencia civil ante ella. No he oído a ningún político Popular Valenciano decir que había que hacer esfuerzos para adaptarse a la ley, o que había que llegar a un acuerdo. No, lo que jaleaban era prácticamente la desobediencia civil.

Finalmente, como suele pasar en estos casos, la delegación del gobierno concedió una prórroga a los chiringuitos mientras se abre una nueva negociación. Por supuesto los hosteleros están encantados con la postura del PP valenciano, al que han felicitado por situarse de su lado antes que del de la ley.

 

Otro caso de esta situación de desobediencia civil conservadora lo encontramos en la reciente decisión del ministerio de cultura respecto a la demolición de parte del barrio del Cabañal de Valencia.

La alcaldesa de Valencia, la folclórica Rita Barberá, desde hace años tiene un proyecto de ampliación de una de las más importantes avenidas de Valencia, la Avenida de Blasco Ibáñez, para que ésta llegue hasta el mar.

El problema aquí es que para hacer esto se debe derribar parte del histórico barrio del Cabañal. Antiguamente los barrios marítimos (El cabañal) estaban algo separados de la ciudad, aunque eran parte del término municipal. El crecimiento de la ciudad llevó a que ésta alcanzase a los barrios marítimos, creando un contraste bastante importante entre las grandes calles creadas a mediados del siglo pasado y las pequeñas callejuelas del barrio del Cabañal. El Cabañal impide el crecimiento de Blasco Ibáñez, creando una especie de muro difícilmente encajable con la avenida.

Ante esto, uno de los faraónicos proyectos de nuestra gran alcaldesa fue derribar toda la parte del barrio que molestase para ampliar la avenida hasta la playa. Algunos vecinos del Cabañal, asociados en la plataforma Salvem el Cabanyal, se oponen a esta obra faraónica, y piden que el barrio sea rehabilitado (El Cabañal es un barrio bastante degradado), algo a lo que la alcaldesa no está dispuesta. Desde entonces, se ha sucedido una batalla legal que llega hasta nuestros días.

 

Hace unos meses una sentencia del tribunal supremo decidió que debía ser el ministerio de cultura quien decidiese si el derribo del Cabañal era un expolio patrimonial, puesto que éste está declarado bien de interés cultural. Ayer mismo, el ministerio de cultura ordenó paralizar los derribos acogiéndose a la sentencia del tribunal supremo que se lo permite.

En este contexto la alcaldesa de Valencia ha declarado que “El derribo del Cabañal va a seguir adelante”, y el ayuntamiento ha dicho que lo hará por todos los medios políticos y legales posibles. Como en los otros casos la decisión del gobierno central se debe a su odio contra Valencia y a sus ganas de hacer daño a los Valencianos. Más victimismo para alimentar el fuego de la hoguera de las vanidades.

Lo lógico en este caso es que se revise el proyecto para ver si existe alguna alternativa menos agresiva con el patrimonio. Pero la megalomanía de Doña Rita y la enraizada costumbre del PP valenciano de no rectificar nada llevan a que quieran derribar el barrio del Cabañal “por cojones” independientemente de los problemas legales, de que haya que derribar 1.600 viviendas o de cualquier otra cosa.

 

Este partido y estos dirigentes valencianos están acostumbrados a pasar por encima de la ley en base a que la soberanía popular les asiste. A veces pienso que toda la mancha de corrupción que inunda esta comunidad tiene un origen psicológico parecido, que es el pensamiento de que la ley no les aplica al ganar elecciones, y que sólo deben responder ante las urnas.

En democracia la ley es para todos, desde el jefe del gobierno hasta el último parado, y los votos no le dan a uno patente de corso para incumplir las leyes que le apetezcan.

EL SINDICALISMO

Escrito por lasuertesonriealosaudaces 07-01-2010 en General. Comentarios (20)

 

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Hace mucho tiempo que quería tocar el tema del sindicalismo y los sindicatos. Es un tema amplísimo, así que espero que no me salga un torrente de ideas inconexas.

 

Lo primero que quería señalar es la actual realidad de los sindicatos. Según encuestas que he leído, de una serie de “instituciones” españolas la penúltima peor valorada son los sindicatos, siendo la última la iglesia católica. El gobierno, parlamentos, ministerios, ejército, policía, etc. Están mejor valorados que los sindicatos.

Esta evolución de la imagen pública de los sindicatos claramente a peor puede ser entendida en base a la evolución de la sociedad. En esta actual “sociedad del riesgo”, tal y como la definió Ulrich Beck, lleva implícita la ruptura de la mentalidad de clase y, por lo tanto, la obvia decadencia de sindicatos con orígenes en la lucha de clases.

Pero además de eso creo que hay problemas en el sindicalismo moderno, más allá de la realidad social y de discursos interesados que pretenden debilitar al movimiento sindical, que son achacables a su propia organización anticuada.

 

Según la percepción de mucha gente los sindicatos son entidades endogámicas que buscan el bienestar de los altos cargos de sus estructuras, algo así como un partido político. Se oyen muchas críticas hacia los sindicalistas, los liberados sindicales, a los líderes sindicales, etc. Es conocido, por ejemplo, que los sindicalistas activos y militantes suelen ser los últimos en ser despedidos en casos de despidos en una empresa, o de ERES. Esto generalmente es así, ya que la empresa evita problemas con las centrales sindicales, y los paganos de la situación son los trabajadores no afiliados y generalmente más jóvenes (por los costes de despido).

En cierta manera muchos trabajadores interpretan que los sindicatos no son fuerzas que defiendan a los trabajadores en general, si no a sus afiliados en particular. He oído personalmente muchas críticas de trabajadores a los sindicatos porque no los han apoyado en caso de conflictos por el hecho de no estar afiliados. Bien, en cierta manera es entendible, pero creo que los sindicatos deberían hacer especial hincapié en no mostrarse tan corporativistas. También es verdad que mucha gente que comenta estas cosas ha esperado la luna de los sindicatos, algo que no es posible.

 

Los sindicatos siguen siendo muy fuertes en ciertos sectores, como los “operarios” de fábrica y en la industria, pero ha perdido un sector fundamental, los técnicos y el de personal de oficina. En un país muy orientado a los servicios, esto es fatal para ellos. Muy poca gente en despachos, oficinas técnicas, etc. está afiliado a sindicatos, aún cuando hay ramas específicas para estos oficios.

Esto también se debe a un efecto psicológico de estos trabajadores de “cuello blanco”, que piensan (pensamos) que no somos “proletarios” y que los sindicatos no es algo que nos represente. Creo que es un error por parte del trabajador pero también por parte de unos sindicatos muy poco flexibles para adaptarse a una sociedad y a un mercado laboral complejo.

 

En mi opinión hay un error muy importante que están cometiendo los sindicatos: Están totalmente anclados en el mantenimiento de sus derechos actuales. Por la propia esencia del derecho a las indemnizaciones de despido, parece como si esta defensa sólo beneficiase a los trabajadores que llevan muchos años en las mismas empresas. Los nuevos trabajadores más jóvenes, en base a una propaganda interesada basada en las medias verdades, piensan que estas indemnizaciones de despido evitan que el mercado laboral se mueva y que ellos tengan oportunidades, lo que los aleja de los sindicatos.

Yo creo que es un error, y que los sindicatos deberían ser flexibles con las indemnizaciones de despido, siempre y cuando consigan compensaciones. Es decir, cambiemos nuestra seguridad laboral por otro tipo de ayudas sociales y derechos.

Lo contrario es un error. Es muy posible que acabemos en una situación de contrato con costes de despido más barato, pero manteniendo los antiguos contratos con los costes actuales. Los sindicatos, si miran por el interés de sus afiliados y les dan algo a cambio lo aceptarán. Y eso llevará a crear dos clases de trabajadores, los “antiguos” que serán privilegiados con costes de despido altísimos, y los “nuevos” que no los tendrán. Esto, en mi opinión, sería el toque de gracia al movimiento sindical, que vería como no le entra savia nueva de nuevos trabajadores y acabaría envejeciendo peligrosamente.

 

Con todas estas circunstancias, ¿Son los sindicatos fuerzas que valgan para algo? ¿Son positivas para el mundo actual?

Mucho cuidado, trabajadores asalariados, con esta respuesta, porque lo mejor para responderla es hacerse otra pregunta, ¿Cómo estaban los trabajadores asalariados cuando en el mundo no había sindicatos? Creo que ya hemos respondido todos.

La existencia de sindicatos, la lucha sindical a lo largo de las generaciones ha conseguido muchas de las cosas que tenemos ahora: Indemnizaciones por despido, derecho al desempleo, pensiones de jubilación, jornada de 8 horas (Teórica, claro), etc. Tampoco hay que quitarle al poder político su parte en estas “conquistas”, pues que la tienen, y no sólo gobiernos progresistas, también conservadores (la jornada de 8 horas en España la aprobó un gobierno conservador, por ejemplo), pero no podemos negar que el sindicalismo del último siglo y medio ha tenido mucho que ver.

 

Yo he trabajado en empresas que no tenían sindicatos y trabajadores sindicados, y en otras que sí. Y la verdad es que las condiciones laborales son mejores en las empresas con sindicatos fuertes, y aunque en el nivel donde trabajo no haya muchas personas sindicadas (y eso que contamos con un sindicato interno de técnicos y personal de oficinas),  las negociaciones colectivas que realizan los sindicatos han favorecido a la colectividad y por extensión a nosotros.

Ya conté en el post Capitalismo Hispano (http://lasuertesonriealosaudaces.blogspot.es/1250098134/capitalismo-hispano/) como en una empresa donde trabajé intentaron (y creo que consiguieron) quitarle dos días de vacaciones a los trabajadores de forma totalmente ilegal. En esa empresa no había sindicatos, porque de manera contraria no hubiese sido posible.

 

Se presenta pues una escena en la que los sindicatos deben reformarse profundamente. Deben saber adaptarse a un mercado laboral complejo, saber acercarse a trabajadores técnicos. Deben plantearse alternativas para la protección social y no anclarse en ciertos derechos laborales exclusivos españoles que tienen su origen en la dictadura. Es importante mirar en otros países como se ha construido los estados sociales para buscar alternativas.

Sería importante también que los sindicatos abriesen algún tipo de relaciones amistosas con los representantes de los autónomos, y que abran algún tipo de frente común. Los autónomos son tan trabajadores como los asalariados, y estoy seguro que debe haber muchos puntos en los que coincidan sus puntos de vista. En definitiva, la apertura del sindicato a todos los trabajadores, sean operarios, técnicos o autónomos. Ahí está, en mi opinión, el sindicalismo del futuro.

 

Pero los trabajadores deben también no caer en esa desafección a los sindicatos. Hay privilegios, han dejado en la estacada a muchos trabajadores, no han ayudado a mucha gente, hay trabajadores acomodados, están anticuados. Sí, es cierto. Pero la alternativa, el no tener sindicatos o tener sindicatos residuales puede llevar a los trabajadores, sobre todo los menos cualificados, aunque a los cualificados también, a situaciones cada vez peores.

En un mundo como este, con la existencia de paro estructural en nuestras sociedades, con la presencia de una gran bolsa de trabajo ilegal, con muchos trabajadores inmigrantes que no se atreven a pedir ningún derecho y que son los motores (y también las víctimas) del descenso salarial, el sindicalismo y cierta unión de los trabajadores es necesaria.

¿Es este el sindicalismo necesario? Quizá no. Pero la alternativa es la reforma de estos sindicatos, no una desarticulación que nos devolvería al siglo XIX en cuanto a derechos laborales y sociales se refiere.