LA SUERTE SONRÍE A LOS AUDACES

Un fantasma en palacio

 

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El pasado 3 de noviembre se entregaron los premios anuales a la excelencia académica en la comunidad valenciana. Mi novia era una de las premiadas, así que pedí un par de horas libres a la empresa y acudí con ella al acto, que se celebraba en el Palau de la generalitat Valenciana donde el molt poc honorable president de la generalitat, Don Francisco Camps, entregaba los diplomas acreditativos a la excelencia a los premiados.

 

El Palau de la generalitat es un edificio que data del siglo XV con un estilo entre gótico y renacentista. Nada más entrar por la puerta accedes a lo que antaño era sin duda un patio interior hoy cubierto por razones obvias.

Al entrar en el palacio los organizadores nos indicaron el camino para llegar a la sala del acto, la Sala Nova o sala de cortes. Este recinto es una sala de forma alargada con pinturas en las paredes que representan a lo que sería una reunión de la antigua diputación del general, con claras representación a los tres grupos de las cortes valencianas del antiguo régimen: El brazo civil, el brazo militar y el brazo eclesiástico.

La diputació del general ó generalitat era una especie de diputación permanente de las cortes valencianas que se ocupaban de legislar ciertos asuntos, recaudar ciertos impuestos, etc. Esta institución, que tenía reflejo en otros reinos de la corona de Aragón, adquirió especial importancia debido a la realidad cuasi federal de la corona de Aragón, que estableció una especie de gobierno compartido entre el soberano y las representaciones de las distintas cortes. Cuando se recuperó el autogobierno en Cataluña y Valencia se decidió nombrar a las instituciones propias de gobierno como Generalitat en vez de Govern, como forma de enlazar con un pasado añorado.

Antes de llegar a la Sala Nova se pasa por la sala de los reyes, donde hay pinturas de todos los soberanos que han regido Valencia desde 1238 hasta 1931 (El último rey representado es Alfonso XIII), es decir, de los reyes de Aragón primero y, a partir de Carlos I, de los reyes de España. Me entretuve bastante viendo los retratos de los reyes de Aragón, a los que sólo conocía por el nombre.

 

Bien, una vez llegamos a la sala nova nos sentaron con un protocolo muy bien estudiado. Premiados a un lado, rectores de universidad a otro y el resto de personas, casi todos acompañantes, en la parte trasera. Yo estuve en cuarta fila creo. Alejandro Font de Mora, conseller de educación, estaba en primera fila con algunos rectores, guardándole a su lado la silla a Camps.

En cuanto vi a los fotógrafos y cámaras corretear de un lado a otro intuí que el President Camps entraba a la sala. La verdad es que la entrada de Camps tenía un aroma de artificio e imagen vacía que incomodaba. Sus andares, lentísimos pero justo en el límite de no parecer un anciano de movilidad limitada o un idiota, estaban perfectamente calculados para que pudiesen hacerle el máximo número de fotos. Cuando, justo a mi lado, se paró a darle la mano creo que era a un rector, aquello parecía una película a cámara lenta. Esto es a lo que lleva esta política de televisión y show, a convertirte en alguien que sólo actúa para las cámaras.

Era la primera vez que veía a Camps de tan cerca. Es más alto de lo que parece en televisión y en fotos, y también está más gordo, aunque los kilos de más están bien disimulados con sus famosos trajes. Pero lo que más me llamó la atención fue su cara. Daba la sensación de estar demacrado. No sé muy bien si esa era su cara normal, o si realmente está, como dicen muchos, venido a menos desde que se destaparon los escándalos de corrupción que le afectan directa e indirectamente, pero la cara era un poema. Luego le he visto en las fotos y videos del acto y realmente no tienen nada que ver con la mala cara que le vi en persona. Se ve que es un hombre muy fotogénico al que le quiere la cámara. Estas deben ser las virtudes que se le piden a un político en estos tiempos…

 

El acto fue bastante breve, no duraría mucho más de media hora. Primero fue la entrega de diplomas a los premiados, que uno a uno iban recibiendo de las manos de Camps y haciéndose la foto con él. Creo recordar que uno de los premiados no se hizo la foto con Camps, aunque no sé si por nerviosismo o por no querer hacerse una foto con ese hombre. Después habló el estudiante que mejores notas había sacado de entre todos los premiados, con un discurso bastante pelota que, si lo escribió él y no fue impuesto, demuestra que ese chico llegará lejos en el mundo de las altas esferas políticas y empresariales, donde el peloteo y el decir lo que otros quieren que digas lleva, desgraciadamente, a la cumbre.

Y finalmente habló Camps. El discurso contenía las típicas frases chovinistas y autocomplacientes que estos políticos del PP valenciano saben hacer tan bien, aunque tampoco fue especialmente cargante ni excesivamente político. Para eso ya están las televisiones y prensas del régimen, que buscarán justo las frases más relevantes para inundarnos en nuestra maravillosa autocomplaciencia, hasta que nos ahoguemos en ella como desgraciadamente ya estamos.

 

Finalizó el acto, y el molt poc honorable se puso a hablar con los premiados explicándoles las pinturas de la sala en la que nos encontrábamos. Luego se dedicó a hablar, ya más distendidamente, con quienes se le acercaban y a hacerse fotos con ellos.

Hubo un momento en que estaba en situación para acabar en una foto con Camps y tener que darle la mano y hablar con él. Como yo no era protagonista del acto y no tengo nada de que hablar con ese señor ni ganas de aparecer en una foto con él, me aparté y me mantuve al margen, lejos de cualquier objetivo que nos pudiese encuadrar a mí y a él en la misma fotografía.

Sé que el lector me comprende. En todas estas situaciones siempre he observado cierto tipo de mitomanía hacia el político. La gente se les acerca servilmente, riéndoles las gracias, casi agradeciendo que hablen con ellos, mientras el político sólo ve una oportunidad de que le hagan una foto y un voto que captar. Esta situación me parece de un servilismo absurdo y de una conciencia ciudadana defectuosa. No es el ciudadano el que debe complacer al político ni reírle las gracias, si acaso debería ser al revés.

Por otro lado, no me apetecía nada fotografiarme ni darle la mano a un president indigno que, tácitamente imputado por corrupción, se aferra a la silla y lo que es más lamentable se justifica con fantasiosas conspiraciones. Si hubiese sido Rita Barberá, Zapatero, Rajoy o el ministro de lo que sea no hubiese tenido problema, pero no con Camps. Camps merece una cuarentena ciudadana.

 

Después del acto, feliz por lo que representaba para mi novia, me quedé observando la arquitectura y el arte del palacio de la generalitat, además de hacernos alguna foto ya sin personas poco deseables en la imagen.

Qué lástima señores que ese edificio y esta tierra estén habitados por fantasmas como ese.

Comentarios

Felicidades por el premio a su pareja ;-)

Quiero creer que Camps es inocente, no por ningún interés político, sino xq me cuesta creer que alguien tenga la cara de proclamar su inocencia de esa manera para después ser culpable.

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