LA SUERTE SONRÍE A LOS AUDACES

LA COMPETENCIA Y LA FUERZA

 

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Una de las bases del libre mercado es la competencia, que se debe respetar y fomentar. En base a las teorías económicas sobre la competencia ésta crea efectos positivos sobre la economía: Mejora los productos ofertados y minimiza el precio. La competencia permite al comprador elegir entre las distintas empresas que ofertan un determinado producto y servicio y elegir la que mejor se ajuste a sus intereses, bien por calidad, por precio o por cualquier otra razón. Además, la propia existencia de la competencia lleva asociada a un descenso de precios, pues para ganar consumidores las empresas bajarán los precios de sus productos minimizando sus márgenes de beneficio, y eso beneficiará al comprador.

 

Todo esto crea un estado de “competencia perfecta”, donde los precios están marcados por la ley de la oferta y la demanda, y no hay consumidor ni empresa que tenga suficiente poder para “marcar” los precios del mercado.

Obviamente también está definido por algunos economistas lo que es la “competencia imperfecta”, que digamos que es cuando las leyes de la oferta y la demanda no se cumplen, y el mercado tiene fijados unos precios que no se corresponden con la oferta y la demanda, seguramente porque alguna de las empresas que ofrecen este producto, o una alianza entre ellas, “fijan” los precios del producto para obtener pingües beneficios.

Muchos economistas dicen que la mayoría de mercados están en competencia imperfecta, convirtiendo la primera teoría en algo que no se correspondería con la práctica.

 

No está en mi intención teorizar, más bien abrir un proceso de reflexión sobre la competencia y su realidad. Los estados occidentales han basado una parte muy importante de su política económica en la potenciación de la competencia, aunque no en todos los casos.

El propio proceso de globalización está abriendo los mercados a la competencia. Las privatizaciones también se hacen con el declarado (que no quiere decir real) objetivo de mejorar la competencia y, por lo tanto, el precio final que pagan los usuarios. Existen leyes que castigan fuertemente los pactos entre distintas compañías para fijar los precios. En fin, nuestra legislación parece orientada en este sentido.

 

¿Pero realmente tiene la competencia un efecto real en nuestra economía? Eso depende del producto o servicio en cuestión. Si fabricas camisetas, por ejemplo, te encontrarás en el mercado con centenares de empresas que hacen lo mismo que tú. Además, el ciudadano no se ve obligado a comprar una camiseta, pues puede perfectamente vestir una camisa o cualquier otra prenda. Si compra la camiseta es porque quiere, porque el precio que le pides por ella le parece adecuado. Si tienes una buena cuota de mercado es porque realmente tu producto es bueno y/o barato, pues habrá decenas de empresas creando estrategias comerciales para captar al público del mercado objetivo.

Pero pongamos que tu compañía es de telefonía móvil. No hay centenares de operadores en el mercado, sólo 5 ó 6. La telefonía móvil es un servicio que no es tan prescindible como en el caso de una camiseta. Obviamente se puede vivir sin móvil, pero para la sociedad actual es casi como una necesidad. En el caso de muchas empresas la telefonía móvil sí es una necesidad, pues sin ella pueden no ser competitivos.

En ese caso los operadores de telefonía móvil tienen dos opciones: Pueden bajar los precios para captar más cuota de mercado, con lo cual provocarán que su competencia baje precios (porque conocen perfectamente que pueden hacerlo); o pueden no hacerlo y mientras nadie lo haga mantienen márgenes enormes por cliente.

 

En un caso como el anterior se suele tender a ser pragmático. Todos vemos como las ofertas de las compañías de telefonía son prácticamente calcadas, sus campañas comerciales son iguales, sus descuentos parecen copias los unos de los otros, etc.

Estas compañías consiguen enormes beneficios anualmente, y sería de locos entrar en una guerra de precios. Si yo bajo un 10% mañana bajarán todos los demás, y al final volveremos a tener todos el mismo precio, nos repartiremos todos el mercado de la misma manera, y perderemos todos un 10%. Por mucho que quien dé el primer paso pueda ganar un 1% de cuota de mercado, si hay que bajar un 10% el precio sales perdiendo.

En estos casos se establece una especie de competencia “suave” en el mercado, donde se prioriza el interés en el máximo beneficio y no se hace nada excesivamente agresivo para no soliviantar a la competencia. Los márgenes de beneficio no se minimizan como potencialmente podrían y la competencia funciona de forma “imperfecta”.

Lo que he comentado de la telefonía puede ser aplicado también a las gasolineras, las compañías eléctricas, los bancos, y multitud de otros productos o servicios. La clave para que esto funcione es que la cantidad de competencia sea limitada (cuanto menos iniciativas haya menos posibilidades hay de que alguien se “desvíe”), y que los compradores identifiquen lo que se vende como algo imprescindible.

 

Esto muchas veces se hace de forma más sucia e ilegal. Existen multitud de pactos de “no competencia” en muchos sectores, y las empresas no se agreden las unas a las otras para mantener todas altos márgenes. Estos pactos no son pactos escritos, son orales para que nadie pueda destapar el pacto, pues es ilegal y estarían sometidos a multas enormes.

Pero generalmente no hace ni falta que sea así, los pactos se “intuyen” entre conversaciones entre directores comerciales y a través de la observación del mercado. Por eso mismo es dificilísimo poder actuar legalmente.

 

Que la competencia funcione o no al final depende de las posiciones de fuerza de los distintos actores. Compañías enormes con servicios o productos esenciales controlarán los precios de sus productos y servicios gracias a que están en una posición de fuerza. En ese caso los consumidores son los débiles, deben pasar por el aro y pagar los precios que las 5 ó 6 compañías que dominan el mercado han establecido para no agredirse.

Cuando la competencia funciona también hay una posición de fuerza, no nos equivoquemos. En este caso la fuerza la tienen los consumidores, que individualmente no ejercen ningún poder pero como “masa” si tienen una tendencia bien definida y actúan de la misma manera.

Al final es la fuerza la que marca que la competencia funcione bien o mal. Quien tenga la fuerza tiene el poder de orientar el mercado en su beneficio.

 

Quiero acabar con un caso en que la competencia parece que funciona bastante bien, es el caso de los estados. Los estados desde hace un tiempo han entrado en un proceso competitivo terrible, por el que quieren atraer a la inversión extranjera.

Para atraer esta inversión los estados darán a sus clientes, los grandes grupos empresariales, un producto de calidad: Menos impuestos, una mano de obra más barata, ayudas de todo tipo, etc. Quien de más ayudas (que salen del bolsillo de los ciudadanos), tenga impuestos y costes laborales más bajos, además de otras ventajas económicas, atraerá a la inversión.

La ley de la oferta y la demanda en este caso funciona a la perfección, y los estados actúan de forma cobarde como malos directores comerciales que se bajan los pantalones ante la primera presión del cliente.

Y así se inicia un ciclo de competencia “agresiva” donde automáticamente los estados vecinos bajan los costes laborales como lo hace el estado que ha iniciado la “oferta”. Al final todos ven disminuidos sus beneficios, es decir, su recaudación pública, con el efecto que tiene eso para sus ciudadanos.

 

Como observaréis, en el principal mercado del planeta, el de la búsqueda de la inversión, la ley de la oferta y la demanda funciona perfectamente, beneficiando al consumidor. Claro que aquí nosotros en vez de consumidor somos empresa, y es a nosotros a quien nos perjudica.

En esta relación de “fuerzas” observamos como, en este mundo en el que vivimos, los fuertes son los poderes económicos, y los débiles los estados. Los poderes económicos son los “monstruos”, son los fuertes y, por lo tanto, a quienes hay que controlar y limitar para que la balanza de fuerzas no se desequilibre aún más y no caer en la tiranía.

 

Comentarios

La competencia perfecta no se da en ningún mercado. Lo mejor que tenemos es competencia monopolística, que es un fallo de mercado "menor", comparado con el monopolio y el oligopolio. Basta con fijarse en los requisitos teóricos para que un mercado esté en competencia perfecta: « Debe haber un número elevado de productores y consumidores. Así las empresas se convierten en precio-aceptantes. Los consumidores son indiferentes respecto a quién le compran y los vendedores son indiferentes de a quién le vendan. Es decir, los bienes son homogéneos. No existe la incertidumbre: tanto compradores como vendedores poseen información completa y perfecta (calidad, precio...). Se da una libre movilidad de las empresas. Pueden entrar y salir a su antojo del mercado. Sin costes. » Tomado de mis apuntes universitarios de Microeconomía, jeje. Hay mercados en los que, sin darse plenamente, algunas de esas condiciones están cerca de cumplirse. Pero, ¿todas a la vez? ¡Información perfecta y completa! Eso es escenario de certeza. Los negocios se hacen en escenario de riesgo conocido en el mejor de los casos. Normalmente se hacen en incertidumbre. Bienes homogéneos. Eso sólo se dio en algunos sectores durante el fordismo. El número elevado de competidores y las empresas precio-aceptantes es muy raro de ver. Sobre todo porque para huir de esto se da la estrategia competitiva de diferenciación, que es la que hace que el mercado salga de competencia perfecta, si es que llegó a estar en ella, y se coloque en competencia monopolística. Y los costes nulos de entrada y salida de los mercados no se dan en casi ningún negocio. Así que, la propia definición del mercado competitivo o de competencia perfecta, que es el mercado que distribuye la producción económica de forma eficiente y respetando el óptimo de Pareto, no se da nunca en la realidad. La propia definición está hecha de tal modo. Se suele usar como un modelo utópico, más como algo a lo que tender que algo posible de alcanzar. O a lo mejor lo definieron con una ironía que no hemos percibido. A lo mejor dijeron: si pasa "todo esto" a la vez el mercado desregulado es eficiente. Y "todo esto" es un conjunto inviable de premisas, luego, como eso no pasa nunca... Por lo tanto, se justifica la intervención del Estado cuando la ineficiencia o la inequidad causada por los fallos de mercado que siempre se dan en mayor o menor medida es demasiado acusada o recae sobre un bien básico para la población. Cordialmente,

oiga, completamente de acuerdo. O se controla el capital en ciertos aspectos, o el beneficiado de esa competencia va a ser el propio capital. Buen post.

Hola Samuel, Voy a contestarle de la manera "usual": "Lo que pasa es que el estado, al menos en esta cuestión, tampoco me parece de fiar, pues los políticos responden a sus propios intereses particulares exactamente igual que los grandes empresarios" Aquí hay una diferencia fundamental, que es el ánimo de lucro. Una empresa tiene como máximo y único objetivo generar beneficios. No hay nada más, pues cualquier otra cosa (crecimiento, ampliación, innovación, etc.) es un método para alcalzar el objetivo, que es el beneficio mayor. Para el estado es diferente. El gobierno tiene un objetivo teórico, que es mejorar la vida de sus ciudadanos. Luego sí es verdad que existe una disputa de votos entre partidos, que existe corrupción, amiguismo, etc. Pero esas son conductas que aunque son habituales, son ajenas al principio por el que se dirige el estado. Y en cualquier caso esas conductas impropias pueden ser sancionables en las urnas, o con las leyes si trangreden el ámbito de la legalidad. La empresa privada no es sancionable ni es controlable bajo ningún método. "Los políticos fijarán en cada momento los impuestos que quieran y las posibilidades de influir sobre sus decisiones es tan pequeña como la que tiene el comprador en individual en influir en el precio de un mercado oligopolístico" No es verdad. La influencia de un comprador sobre un oligopolio en nula, la influencia de un ciudadano sobre un gobierno es real, por mucho que se hayan generado inercias y métodos para que los errores y las desviaciones del interés general no sean sancionadas. "En este caso, tampoco la competencia entre PP y PSOE supone ninguna mejora para el país" Eso es verdad, pero eso se debe a los mecanismos que se han creado que han amordazado a la sociedad. Luego amplío. "También hay que decir que los oligopolios no sólo compiten en precios, sino cada vez más en marca, y eso es lo que puede determinar que una empresa tenga más beneficios que otra" Los oligopolios no tienen la intención de hacerse una competencia real. Da igual la marca, nunca se entra en el terreno de la franca competencia por mutuo interés. " no hay más igualdad de oportunidades si el estado les prohíbe que puedan pactar un precio, y usted mismo lo reconoce que no es controlable" ¿Perdone? Explíqueme esta frase. Los mecanismos que impiden que se pacte un precio están hechos para favorecer la competencia. Otra cosa es que no funcionen, que es lo que aquí denuncio. Si a un oligopilio se le permite que pacten precios se permitiría una coacción al ciudadano y una situación de privilegio. No entiendo como se puede contraponer esto en base a la igualdad de oportunidades. "Si les cobraran impuestos adicionales, ese dinero que le entregamos a los malvados oligopolios económicos irá a parar al monopolio del estado" El estado no tiene, no debe tener, ánimo de lucro. El oligipolio lo tiene, y simplemente por eso una situación no es comparable a la otra. "Si se les impone un precio máximo de manera arbitraria, no habría forma de que esas empresas bajaran jamás el precio. Si la regulación consiste en eso, francamente creo que el resultado sería el mismo, o peor" El problema es que el precio mínimo está pactado de facto, y si esta realidad existe (que existe) de poco vale especular por posibilidades de bajada de precio que no existen. Permitir la posibilidad del abuso en base a la cándida fantasía de la competencia perfecta no me parecería una actitud responsable. De todos modos Samuel si he interpretado bien lo que dice usted no está tan alejado con lo que vengo contando por aquí y con uno de los pilares del ideario de este blog. Usted desconfía de los gobiernos y de su voluntad positiva hacia la sociedad, teme que los políticos busquen sus beneficios particulares si se les da demasiado poder y duda de la capacidad de auditoría de la sociedad sobre sus gobiernos. No podemos decir que sus temores vayan del todo mal encaminados, pues sabemos que la sociedades democráticas son en parte acríticas, y que se ha tejido una red de poder y de clientelismo político alrederor de los partidos. Una de las cosas que defiendo aquí y que muchos comentaristas apoyan es la búsqueda de los métodos para tener una ciudadanía activa, comprometida y realmente vigilante sobre la acción de sus poderes públicos. Hacemos mucho hincapié en la necesidad de cultura política y conocimiento económico, en la ruptura de las fidelidades a un partido por decreto u origen familiar, al desarrollo de una ética de poder público y de ciudadanía. En definitiva, buscamos la manera de poder controlar a ese estado que usted ve monstruoso. Quitar poder al estado para dárselo al ciudadano puede estar bien como idea abstracta, pero si esa cesión lleva a que ese poder se acumule en pocas manos entonces la idea se ha pervertido completamente. Esta es la situación que vivimos, y por lo tanto debemos entender que el poder público democrático es la única opción factible ahora mismo como contrapeso a las grandes concentraciones de poder económico. Pero esta visión solo será positiva si paralelamente conseguimos crear mecanismos de control eficientes, que sólo serán posibles con una ciudadanía responsable y con algo que repito mucho aquí: "responsabilidad social". Saludos,

"Al final todos ven disminuidos sus beneficios, es decir, su recaudación pública, con el efecto que tiene eso para sus ciudadanos". Es que eso depende de cuáles considere usted que son los fines del estado, recaudar el máximo dinero para redistribuirlo o que el dinero quede en manos de las empresas y los ciudadanos. No soy economista y no conozco bien el tema de los oligopolios, pero si para eliminar estos hay que aceptar que el estado se convierta en la única empresa fuerte, por el hecho de estar elegida por los ciudadanos, creamos un nuevo problema. Los ciudadanos, al igual que en un mercado de competencia imperfecta, tampoco eligen ni pueden elegir a sus gobernantes políticos sin que estos les pidan un alto precio en términos de ideas. Simplemente, no hay tantos partidos como gustos y opiniones políticas, y aun en el caso de que los hubiera, las mismas situaciones de cártel se dan en la política. Frente a la competencia entre partidos, se crea la clase o casta política por el bien del estado, cuyas diferencias son mínimas. Simplemente, a mí no me gustan ni los monopolios ni los oligopolios de oferta, aunque entiendo que algunos mercados no favorecen la competencia perfecta. Lo que pasa es que el estado, al menos en esta cuestión, tampoco me parece de fiar, pues los políticos responden a sus propios intereses particulares exactamente igual que los grandes empresarios. Los políticos fijarán en cada momento los impuestos que quieran y las posibilidades de influir sobre sus decisiones es tan pequeña como la que tiene el comprador en individual en influir en el precio de un mercado oligopolístico. En este caso, tampoco la competencia entre PP y PSOE supone ninguna mejora para el país. Sólo que unos dicen que lo hacen por nuestro bien y los otros sólo por sus clientes. También hay que decir que los oligopolios no sólo compiten en precios, sino cada vez más en marca, y eso es lo que puede determinar que una empresa tenga más beneficios que otra. Lo mismo pasa con PP y PSOE: la diferencia está en las siglas. Su argumento lo aceptaría en el plano de asuntos de interior y justicia o defensa, ya que me parece que es necesario que haya un monopolio del estado para que haya verdadera igualdad ante la ley y que no haya competiciones entre ejército: a veces, ciertamente, la unidad es mejor que la competencia. Pero la idea de la igualdad de oportunidades es más complicada: no hay más igualdad de oportunidades si el estado les prohíbe que puedan pactar un precio, y usted mismo lo reconoce que no es controlable. Si les cobraran impuestos adicionales, ese dinero que le entregamos a los malvados oligopolios económicos irá a parar al monopolio del estado. Si se les impone un precio máximo de manera arbitraria, no habría forma de que esas empresas bajaran jamás el precio. Si la regulación consiste en eso, francamente creo que el resultado sería el mismo, o peor. Saludos.

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