20 AÑOS DESDE LA APERTURA DEL MURO DE BERLÍN (I)
LAS CONSECUENCIAS
El 9 de noviembre de 1989 las autoridades de la RDA abrieron los pasos fronterizos del Muro de Berlín ante la avalancha humana provocada por la decisión de permitir los viajes al extranjero que había tomado el gobierno germano oriental, y que había sido comunicada con efectos de inmediatez por parte del portavoz de aquel gobierno.
Todos sabemos como continuó la historia: Desaparición de la RDA, cambio de régimen en todos los países comunistas de Europa y desintegración de la URSS en 1991. La democracia había llegado al bloque oriental y la división del mundo había desaparecido.
Esta es la visión edulcorada de la historia: Un hecho fantástico que mejoró el mundo y acabó con su dualidad. Sin embargo difícilmente se hace una crítica general con amplia difusión a las consecuencias que provocó aquel hecho, y a qué realidad social ha llevado aquellas revoluciones de terciopelo.
Numerosos autores han publicado amplísimos libros sobre la sociedad posterior a la guerra fría, así que es imposible dar más que simples pinceladas en un breve post. Pero intentaré centrarme en qué efectos negativos ha provocado este hecho (los positivos están en cualquier medio a cualquier hora) alejándome tanto de la visión nostálgica de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” y, por supuesto, de la crítica desde posiciones pro comunistas.
En primer lugar el fin del socialismo real ha llevado a la extensión del neoliberalismo por todo el mundo. El neoliberalismo es hoy la única alternativa, el pensamiento único que no tiene alternativa. Una vez desarmado el keynesianismo de la sociedad industrial y la alternativa del socialismo real, el neoliberalismo ha penetrado en mayor o menor medida en todas partes. Desde la “comunista” China hasta los capitalistas EE.UU., desde la estatalista Francia hasta la islámica Arabia Saudí, todos los estados han importado partes del Neoliberalismo como doctrina económica.
La existencia del socialismo real tuvo un beneficio importante, no para sus ciudadanos, si no para aquellos que estaban fuera de su influencia: Obligó, en occidente, a una sociedad pactista en la que el capital concedió importantes cesiones a las clases populares, permitiendo una sociedad “segura” en que el trabajo y los mínimos necesarios para la supervivencia digna estaban garantizados. Y lo hizo por miedo a que la sociedad iniciase un movimiento que llevase a una sociedad que les hubiese quitado todos sus privilegios: Valía la pena ceder un poco para asegurarse de no perderlo todo.
Sin embargo, desde que no existe la alternativa, los derechos sociales y el pactismo han ido desapareciendo progresivamente, dejando a los menos favorecidos con más dificultades: Ya no hay pleno empleo, las prestaciones sociales han disminuido, la fuerza anticíclica del estado ha ido perdiendo fuerza, etc.
Por otro lado, la caída del muro ha provocado una desideologización general en la sociedad. La desideologización no es de por sí ni buena ni mala, todo dependerá del punto de ideologización desde el que partamos. Si una sociedad está muy ideologizada la desideologización puede ser buena, ya que traerá mayor posibilidades de pacto y de convivencia. Sin embargo, en una sociedad poco ideologizada, esto puede provocar una desafección a cualquier idea de mejora social que deja las manos libres a aquellos que tienen el poder, que les llevará a poder actuar sin cortapisas, machacando a los demás.
Creo que nos encontramos en la segunda situación. El antiguo sentimiento de pertenencia “de clase” ha desaparecido. El de fidelidad ideológica a unas ideas (fuera del politiqueo y de la pertenencia de nacimiento a ser “rojo” o “azul” como marca que no representa, objetivamente, nada) también. Parece haber sólo individualidad e interés propio. Hoy tenemos “rojos” que sólo les importa su bienestar individual y desprecian los problemas del vecino, y “Azules” para los que la caridad cristiana no significa nada y que aplaudirán una nacionalización si les da dinero.
Y así estamos, en una sociedad en la que el único objetivo es vivir lo mejor posible adaptándose a lo que hay. No hay alternativa, ni ideas de cambio, ni capacidad de sacrificarse por algo mejor.
La tercera consecuencia la podemos ver el los países excomunistas. En ellos, la sociedad está dividida entre la mayoría que han aceptado los cambios como algo “a mejor” (o algo inevitable y que no podía ser de otra manera), y una minoría nostálgica que anhela la seguridad que les cubría en el pasado.
La Ostalgie, la Soviet Chic o la Yugostalgia no son solo modas frikis. Son el reflejo de una sociedad acostumbrada a vivir con la seguridad de que nunca les faltaría trabajo, que siempre tendrían una vivienda donde vivir y comida que llevarse a la boca, una sociedad acostumbrada a un sentimiento de pertenencia a una colectividad, donde la solidaridad con el vecino era lo habitual, donde todos eran iguales y no habían diferencias sociales ni envidias, donde no había violencia en las calles, etc.
Está visión edulcorada del pasado comunista es algo típico del ser humano, que suele recordar del pasado solo lo bueno y tiende a olvidar lo malo. La falta de libertad, el desabastecimiento y la vida dirigida son voluntariamente olvidados para resaltar las ventajas del pasado.
20 años después de la caída de los regímenes comunistas (o capitalistas de estado), en el este de Europa se están viviendo peligrosos movimientos. Uno de ellos es la aparición por doquier de movimientos ultranacionalistas, racistas y extremistas. Curiosamente, muchos de los antiguos comunistas se han convertido en nacionalistas de extrema derecha, y muchos de los ciudadanos que sienten esta nostalgia son la base electoral y humana de estos movimientos.
Ante la inseguridad y la inadaptación a la nueva sociedad mucha gente ha caído en estos movimientos que buscan chivos expiatorios en cualquier parte, y su uso de la violencia verbal y física es un atractivo para personas que necesitan volcar su frustración existencial.
La caída del bloque del este acabó con la sociedad industrial del siglo XX y nos llevó a la sociedad postmoderna de principios del siglo XXI. Hoy, en tiempos de crisis, estamos viendo la peor cara de esta nueva realidad, que es la inseguridad vital y la dependencia absoluta del dinero.
Si en las celebraciones del XX aniversario de la apertura del muro se intenta vender una visión de progreso absoluto y de éxito en los últimos 20 años, evitando los problemas que también ha generado, creo que se le hará un flaco favor a la democracia que se intenta ensalzar. La ocultación de las realidades indeseables solo sirve para potenciar la suspicacia y la desafección de una población que no vive un mundo de color de rosa.